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#1
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Yo soy para mi amado, mi amado es para mí
Desde que tengo uso de razón, en todo tiempo y lugar me vi, sentí y supe perfecta y profundamente unida a Dios en un mismo Espíritu y corazón. No obstante verme, sentirme y saberme igualmente humana como todos y cada uno de los demás seres humanos que existieran y existentes en este mundo. De pequeña, mi fe lo podía todo con la fuerza del amor sostenido en la esperanza de un mundo en el que todos los hombres llegáramos a ser y fuésemos iguales. Mundo en el que ya no existieran diferencias de la más mínima índole entre unos y otros, comenzando con no haberla nunca más ya entre el varón y la mujer. Nunca vi a Dios con los ojos físicos. Ni lo escuché o sentí de ningún modo con los oídos y sentidos físicos. Sin embargo, puedo decir y sostengo haberlo visto, oído y sentido en todo tiempo y lugar con los ojos, oídos y sentidos en general del espíritu. Viéndolo, oyéndolo y sintiéndolo latir con los ojos, oídos y sentidos de la fe y del amor en todo tiempo en mi mismo espíritu. Habiendo estado y estando siempre dentro de mí. En mí. Conmigo. Viendo y entendiendo finalmente haber sido y ser Dios y yo en todo tiempo uno solo. Un solo y mismo ser. Siendo en Dios, por ende, que se originaban todos mis nobles pensamientos, sentimientos, anhelos, fortaleza, fe, esperanza, sabiduría, entendimiento, comprensión, tolerancia, constancia... E igualmente a Dios en todos mis hermanos y hermanas -los hombres en el mundo entero- como en todas las criaturas existentes sobre la faz de la tierra que tendían, por consiguiente, todo lo bueno en potencia, latente y desarrollado en mí. Viendo, entendiendo, sintiendo de esa manera, estar aquí y ahora en este mundo, pero no pertenecer al mismo. Tal y como Jesucristo, el Amado, manifestara a los apóstoles. Es decir, ver, entender y sentir no estar realmente en este mundo ni mi origen ni el origen de toda la restante humanidad y creación existente sobre el mismo. Sino haber venido desde muy lejos. Haber venido en todo nuestro más basto conjunto de otro lugar. Del mismo lugar del que desde el Padre en la Madre en el Espíritu Santo descendiera Él. Y al que volviera a ascender consumada la misión que el Padre en la Madre en el Espíritu Santo le enviara a llevar a cabo entre nosotros. Lugar denominado el Reino de los Cielos. Fui creciendo con todo esto dentro de mí. Viendo, sintiendo y sabiendo tener que sacarlo fuera de mí para decírselo a todos los hombres un día. Pero, no pudiendo ver, sentir ni saber cómo podría llegar a hacerlo. ¿Cómo decírselos de manera tal que me prestaran atención, me escucharan y creyeran? En un mundo en el que veía y sabía la mujer hacía muy poco tiempo que pudiera llegar a tener voz y voto entre los varones que lo y la gobernaran desde el tiempo original al que su historia se remontaba. ¿Cómo decírselos de manera tal que me creyeran? ¿Qué creyeran en mis palabras? ¿Cómo? ¿Cuándo desde que tenía conciencia mi temerosa humanidad, los hombres y el mundo no hiciera e hicieran otra cosa que hacerme ver, sentir, saber y recordar que era extremadamente torpe, cerrada, confusa, incomprensible, enredada en el hablar, al punto de empezar a tartamudear cada vez que me podía y pongo nerviosa? Veía, sentía y sabía así, por un lado, que había nacido con una misión muy particular que realizar en el mundo para mayor bien y conocimiento no solo de toda la humanidad sino también de toda la creación. Misión que veía, sentía y entendía estaba íntima, profunda y totalmente unida y relacionada con la misión que nuestro Señor Jesucristo viniera a realizar entre los hombres. Mientras, por otro lado, cada vez que pensaba en el día en que veía, sentía y sabía llegaría la hora en la que estaba llamada a consumar al igual que Él la misión que en tal sentido fuera enviada a realizar entre los hombres, me veía, sentía y sabía totalmente incapacitada, paralizada, enmudecida, impedida y obstaculizada por todos lados. Por consiguiente, terriblemente amedrentada de llegar a hacerlo. Amedrentada por mis concientes limitaciones, incapacidades y debilidades humanas como por todos los obstáculos y adversidades que veía los demás hombres y el mundo me oponían impidiéndomelo hacer. ¿Iba a decirles que éramos de otro mundo y no de este? ¿Cómo decírselo cuando no era en otro mundo en el que estábamos sino en este? ¿Cómo decírselo, cuando para el hombre solo lo visible y audible era real y lo que no lo era no lo era? ¿Cómo decírselo cuando lo único que le daba seguridad al hombre era verse, sentirse y saberse con los pies bien puestos sobre este mundo y no así en el aire? Tenía que decírselo, por ende, desde el que me vieran, sintieran y supieran al decírselo, cimentada sobre este mundo. Es decir, bien real. Con los pies bien puestos sobre la tierra. De todos modos, veía, sentía y sabía que mi misión en este mundo consistía en mucho más que en tan solo poder llegar a decirles tal cosa. ¿En mucho más que ello? ¿En qué más? No lo sabía. No podía verlo, sentirlo y saberlo con total claridad y certeza. Sino solo intuirlo. Sentirlo palpitar en mi corazón. ¿Qué era lo que palpitaba en mi espíritu? Sentía aletear sobre mis escabrosas tinieblas interiores el haber nacido en Dios para la extrema entrega de amor. Para el amor. Para la extrema entrega de amor a toda la humanidad, por un lado, a total semejanza de Cristo, en, con, por y para Cristo en mí en tanto mujer. Como para la extrema entrega de amor, por otro lado, a un hombre en particular que Dios me tenía predestinado y para el que estaba predestinada. Hombre que tenía que saber esperar, buscar y encontrar, guardándome en virginidad y castidad para su llegada y encuentro final en mi caminar en Dios en este mundo. Hombre en particular que habría de reconocer entre todos los restantes y me habría de reconocer entre todas las demás mujeres, por tener el mismo corazón y espíritu de Jesús y de María tanto él como yo. Encuentro final con el mismo que veía, sentía y sabía me haría la mujer más dichosa de la faz de la tierra, haciéndolo el hombre más dichoso de la misma. Pero antes de ello, veía, sentía y tenía la agónica certeza de estar igualmente llamada a pasar todo lo mismo que nuestro Señor Jesucristo pasara. Pasar por la cruz. Para revivir su misma pasión, crucifixión, muerte y resurrección en mí. Visiones, sentimientos y certezas interiores totalmente contrapuestas para un consagrado o consagrada a Cristo en cuerpo y alma. Que sentía no obstante ello estaban íntimamente relacionadas. Sin poderme imaginar cómo ser no mutuamente excluyentes sino incluyentes y perfectamente conciliables en Dios. Entre los quince y dieciséis años hubo un cambio de sacerdotes en la parroquia en que fuera bautizada, tomara la primera comunión, me confirmara y era catequista. Cambio de sacerdotes a raíz del cual, no compartiendo no la teología sino la ideología con la que el nuevo sacerdote predicaba el Reino de Dios, viendo las pronunciadas diferencias que se hacían entre los que tenían dinero y los que no lo tenía, entre los que eran del centro y los que eran de los barrios periféricos del pueblo, excluyéndose del Reino de Dios a los primeros e incluyéndose solo a los segundos, conjuntamente con el resto de la comunidad me vi y sentía obligada a dejar la parroquia. Viéndonos y sintiéndonos con los restantes miembros de la comunidad expulsados en medio del desierto de la fe durante más de diez años. Buscando la restitución del agua y del alimento espiritual en los niveles superiores de la Iglesia y no encontrando. Desesperante situación espiritual generada en la comunidad parroquial de la que desde que formaba parte en virtud de la cual me veía, sentía y sabía violentamente llamada y enviada a hablar con el sacerdote y el obispo a cargo para revertirla. ¿Hablar? ¿Cómo podía ser posible, cuando hablar sabía no podía viéndome, sintiéndome y sabiéndome nada como con respecto a ellos en tanto laica, mujer, ignorante de las cosas de la Iglesia como me veía y sabía? Viendo, sintiendo y entendiendo ser ello algo totalmente imposible humanamente de hacer para mí comencé a huir, tratándome de ir lo más lejos posible del pueblo al que pertenecía para no seguirme viendo, sintiendo y sabiendo interpelado por Dios interiormente a ir y hablar con el sacerdote y el obispo respecto a la cristianamente incomprensible situación imperante. Situación como consecuencia de la cual la parroquia terminara por cerrarse bajo un creciente estado de ruindad, echada totalmente al abandono, naciendo, creciendo y muriendo de sed y hambre de Dios cientos de niños, jóvenes y adultos por lo que veía y entendía era el peor de los antitestimonios cristianos. Creyendo no poder hacer ni decir nada capaz de modificar la postura sacerdotal y diocesana tomada y mantenida durante toda una década sobre dicha parroquia, recientemente graduada de la universidad, decidí irme a ejercer mi profesión de Lic. en Turismo a alguno de los centros turísticos más importantes del país. Dos nombres se me vinieron en ese momento a la mente: Ushuaia y Bariloche. (Continúa en la respuesta siguiente) |
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#2
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(Continúa de la respuesta anterior)
Pensando que Bariloche estaba lo suficientemente cerca de Plottier como para no sentir la llamada desde aquí a volver a decir y hacer lo que llevaba ya más de diez años viendo y entendiendo me sentía y sabía espiritualmente llamada a decir y hacer ante el sacerdote y el obispo respectivo, decidí irme a Ushuaia. Ingenua de mí pensar escapar de Dios y de su voluntad para conmigo cuando Dios no era un ser que estaba fuera de mí, sino dentro de mí, siendo uno conmigo, yo una con Él en lo más profundo de mi ser. De manera tal que adonde fuera que fuese siempre iría y estaría conmigo. Aún cuando por aquel tiempo no lo pudiera llegar a ver, entender y creer de esta manera. Formando todo ello parte de un aprendizaje y entendimiento que tuviera que ir haciendo. Después de dos años y medio de estar allí, comprendí que mi razón de ser era Dios en mí. Y que esa razón de ser en Dios en mí estaba íntima, profunda y totalmente relacionada con Plottier. Con lo que pasara, pasaba y pasase en su comunidad parroquial de San Antonio de Padua. Con hablar con el sacerdote y el obispo a su cargo. Por lo que, renunciando al amor humano en dicho hombre en particular que también desde que tuviera uso de razón viera, sintiera y supiera latir en mi espíritu estaba llamada a esperar, buscar y encontrar en este mundo hacia el término de mi constante caminar en el hacer la voluntad de Dios, acepté dejarlo todo allí para crucificarme en Cristo, por Cristo, con Cristo y para Cristo en tanto mujer en mi voluntad. Para permitir que de allí en más se cumpliera solo la voluntad suprema de Dios por la que al igual que nuestro Señor Jesucristo había nacido y estaba aquí. Volviendo a Plottier luego de Semana Santa de 1991 una mañana de abril. Con la certeza interior de que si primero hacía y decía cuanto en tal sentido se me mandaba también para el amor humano, el casarme y tener hijos iba a ver tiempo en mi vida. Recibiendo la promesa final de que por haber dicho que sí a lo que acababa de decir que sí, iba a conseguirlo todo de Dios. No solo en el Reino de los Cielos sino desde mi estadía en este mundo. Todo, todo. Hasta cosas increíbles. Promesa ante la cual respondí que con solo saberme llamada en Cristo a hacer lo mismo que nuestro Señor Jesucristo hiciera, sabiendo ser la voluntad de Dios la que venía a hacer, nada más quería alcanzar en este mundo. Viendo, sintiendo y sabiendo que al volver a Plottier, no tenía que esperar encontrarme y recibir ninguna otra cosa que lo mismo que nuestro Señor Jesucristo encontrara y recibiera hacía dos mil años por venir y hacer en medio del pueblo al que el Padre desde la Madre en el Espíritu Santo le enviara lo que viniera a decir y hacer. Es decir, solo incomprensión, rechazo, negación, ofensas, calumnias, injurias, escupitajos, burlas, maquinaciones, trampas, obstáculos, indiferencia, odio, incredulidad, pasión, injusto juicio, condenación, crucifixión y muerte de parte del pueblo y de la humanidad a la que me mandaba y por amor semejante al de Cristo, en Cristo también en mí como mujer, terminara de aceptar libre, conciente, voluntariamente morir en un todo a mí misma. A todo lo que anhelara y esperara encontrar en lo humano en este mundo. Entre todo ello: al amor humano; a amar y ser amada, a concebir y dar a luz a uno o más hijos, a formar una familia, a tener un hogar... Siendo y sabiéndome enteramente libre, me dejé voluntaria, enamorada y concientemente cautivar por Jesucristo. Me dejé encadenar, apresar, enjaular, clavar y morir en la misma cruz de Cristo por amor a la voluntad del Padre, al Reino de los Cielos, a Jesucristo y a toda la Humanidad. No siendo ya yo quien vivía en mí, sino Cristo quien de allí en más lo hiciera y hacía. Cristo quien conforme a la promesa realizada a sus apóstoles hacia dos mil años de que subía a prepararles un lugar y que cuando lo tuviera preparado volvería en búsqueda de su pueblo Quien volvía en mí en el Espíritu Santo en consumación plena de tal promesa. Cristo quien finalmente volvía en el Espíritu Santo que suscitara en mi espíritu en su mismo Espíritu y Palabra quien lo hacía en mí en búsqueda de Su amado Pueblo. Al que por consiguiente, veía y entendía debía amar y llamar: mi Pueblo. Veía, sentía y sabía que esto era algo muy difícil de creer. Porque dada mi condición de mujer, incluso a mí misma, por más que en Ushuaia terminara diciendo que sí, me siguiera y seguía costando horrores creer que en verdad era Dios en mí. Y no más bien todo fruto de mi imaginación o de un engaño del tentador y adversario queriéndome hacer ver, sentir, creer, por ende, decir y hacer cosas que en Dios no eran ni llegarían a ser nunca. Terminando viendo y entendiendo en todo tiempo ante toda duda al respecto que todo era y habría de ser cuestión de fe. Cuestión de fe, en primer lugar en mí, en segundo lugar en los demás. Porque en la medida en que yo creyese, y luego, lo creyesen también los demás todo era y sería como fuera enviada a anunciárselos y se los anunciara. Siendo, por ende, condición sine qua non que como María Santísima primero creyera yo, para que los demás también creyeran y de ese modo todo pudiera terminar siendo posible tal y como conforme a la visión, sentimiento y seguridad interior tenida se los llegara a hacer ver, sentir y saber de igual manera. Luego de cinco años de sentir comenzar a padecer y tener que atravesar con toda mi familia un verdadero infierno tras mi regreso de Ushuaia, azotados al extremo por todo tipo de flagelos y tribulaciones, espíritu de discordia, enfermedades, pestes, accidentes, ruina, abandono de la mano de Dios, pasión, cruz, enjuiciamiento popular, muerte, sintiendo y no queriendo ver sometida a mi familia a seguir pasando por tanto mal desatado como consecuencia del sí dado a hacer la voluntad de Dios en Ushuaia, quise poner fin a todo ello pidiendo ser liberados de todo ello con mi enfermedad de cáncer y muerte. (Continúa en la respuesta siguiente) |
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#3
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(Continúa de la respuesta anterior)
Entonces, entendí que no moriría sino que viviría. Siendo el amor humano lo que a partir de allí llegaría a mi vida. Viéndome, sintiéndome y sabiéndome nuevamente llamada y enviada así a buscarlo y encontrarlo. Para lo cual veía y entendía tenía que darme cuenta de quién era el hombre en particular del que en Dios latente en mí me viera y sintiera llamada y enviada a esperar, buscar y encontrar toda la vida, con el mismo corazón y espíritu de Jesús y de María. Abriéndome tímida y temerosamente nuevamente a la creencia y esperanza de un amor humano existente también para mí al final del camino de la pasión, crucifixión y muerte aceptada padecer y padecida al extremo hasta allí en Cristo y por Cristo, comencé a buscarlo, queriéndolo ver, reconocer y encontrar en todo varón nuevo que de una u otra manera veía llegado y traído por Dios a mi vida. Varón que supiese era soltero y no tenía atadura ni compromiso sentimental con ninguna otra mujer o con Dios de ninguna otra manera. Tal y como desde el vamos sabía un sacerdote que si bien no tenía compromiso con ninguna otra mujer se me decía estaba casado con Dios a través de la Iglesia, no podría llegar a ser nunca dicho varón. Viendo, sintiendo y sabiéndome llamada y enviada a hablar con el sacerdote y el obispo de todo esto cuanto en su conjunto veía y entendía Dios movía, aleteaba, inquietaba, violentaba y me instaba en mi interior a decir y hacer en medio del pueblo en particular al que en la comunidad de San Antonio de Padua de la Iglesia Católica para conocimiento e implicancia igualmente de toda la restante Humanidad, sabiendo que de un sacerdote nunca me podría llegar a enamorar por saberlo un hombre eclesialmente prohibido para el amor de una mujer, no obstante intuir poder y haber de llegar a suceder justamente tal cosa, me vi y sentí fuerte y terminantemente impelida espiritualmente a comenzar a compartir todo lo habido en mi corazón con el sacerdote que a tal fin Dios había querido poner más cerca. El padre Daniel. Lo que intuí y temí podía finalmente llegar a suceder si comenzaba a hablar con un sacerdote de todo esto, terminara sucediendo. Me enamoré de él. Creyéndolo de igual manera enamorado de mí. Hecho ante el cual, viéndolo, considerándolo según la concepción inculcada por la Iglesia como la cosa más monstruosa que como mujer y enviada de Cristo, en Cristo, hubiera podido llegar a permitir –como si uno pudiera llegar a mandar sobre el corazón!- traté de luchar en todo tiempo durante años contra este amor creyéndolo como algo no bueno sino malo, muy malo. Traté de construir una muralla entre los dos, causándole el más doloroso y terrible de los daños. Lo herí mal, muy mal, durante años. Sintiéndole amarme y amarlo, luché contra él y este amor como si fuera contra el tentador, el mismo enemigo de Dios contra el que luchaba enterrándole cientos de cuchilladas directamente en el corazón, buscando matar el amor que intuía y sentía tenía por mí, diciéndole de todas las maneras posibles que no era él a quien buscaba. Cuando, ¡abismal insensatez la mía!, era justamente a él a quien fuera enviada a buscar, encontrar y esperar en Dios toda la vida. Él mi amor, él mi amado en Jesús y en María. Pero, ¿acaso tuve en ello culpa? ¿Ya que, cómo iba a sospecharlo siquiera siendo sacerdote como era? Tuvieron que pasar muchos años antes de que cayera el velo de mis ojos y el tapón de mis oídos en tal sentido. Pudiendo finalmente ver por entera gracia Divina el más glorioso y a la vez más aciago de los días que él era mi amado, mi vida, mi cielo, mi tierra, mi río, mi aire, mi existencia en Cristo. La razón de mi vida, de mi misión, de mi búsqueda, de mi viaje y discernimiento incesante en este mundo. Él la causa por la que naciera y estaba aquí en Cristo. Siendo en él que estaba representado todo a uno el pueblo en Cristo, de Cristo, Jesús y María mismos en él a quien fuera enviada a buscar y encontrar en Cristo en este mundo. El día más glorioso, porque cuando quiso el Espíritu de Dios terminarme de anunciar, por ende, revelar, quien era ese hombre en particular del que toda la vida me hablara en el espíritu sintiéndome llamada a preservar solo para su venida y encuentro final en mi vida no era otro que aquel del que con el compartir, confesión y trato de amistad asiduo que me llevara a comenzar a tener y mantener con él durante los últimos cinco años me terminara enamorando Divina y humanamente de él. Viéndolo, sintiéndolo y sabiéndolo igualmente enamorado de mí. ¡QUE DICHA TAN GRANDE! ¡QUE GOZO INFINITO! ¡QUE INIMAGINABLE GRACIA DIVINA!: LLEVARME A COMPARTIR TODO ESTO Y ENAMORAR DE LA MANERA EN QUE ME LLEVARA A TERMINAR ENAMORANDO JUSTAMENTE DEL VARÓN QUE ÉL SABÍA ERA AQUEL QUE ME TENÍA PREDESTINADO! ÉL MI AMOR. ÉL MI AMADO. EL PREDESTINADO POR DIOS AQUEL AL QUE CON TANTA PREFERENCIAL DELICADEZA HABÍA QUERIDO LLEGAR A VIOLENTARME PARA COMENZARME A ANIMAR A IR A HABLAR CON ÉL HACÍA CINCO AÑOS ATRÁS, CON LO QUE SABÍA HABRÍAMOS DE ENAMORARNOS MUTUAMENTE COMO VEÍA Y SABÍA ESTÁBAMOS AUNQUE NUNCA NOS ANIMÁRAMOS A CONFESÁRNOSLO ABIERTAMENTE EL UNO AL OTRO. Sí. Ese fue sin duda hasta aquí el día más dichoso y glorioso de mi vida hasta aquí. Pensando, sintiendo y creyendo que Dios no podía ser más amoroso, fiel y sabio de lo que con el querer propiciar nuestro final conocimiento y encuentro con dicho varón amado de la manera en que lo hiciera demostrara serlo. Sabiendo muy bien por qué me hacía volver de Ushuaia a Plottier a hablar con el sacerdote a cargo de la parroquia de San Antonio de Padua de la manera en que con tanta insistencia lo hiciera, tras perseguirme durante muchos años para que terminara creyendo y aceptando dejarlo todo en mi voluntad para a partir de allí entregarme y consagrarme enteramente solo a la Suya en mí. Sabiendo doblegar mi tozudez, vencer todos mis espantosos temores, para a semejanza de María Santísima hacer prevalecer la docilidad, amor y fidelidad Divina en el Espíritu Santo en mí por sobre mis limitaciones, poquedad y oposiciones humanas interpuestas hasta allí. Haciéndome volver a Él y entrar enteramente en Su exacta voluntad para conmigo por ser para lo que había nacido y estaba aquí. Mandándome volver a Plottier donde sabía ya estaba y me aguardaba en aquel varón sobre el que había puesto sacerdotalmente su mismo espíritu y corazón en Jesús y María: el p. Daniel. Solo que, ¿cómo iba a saberlo, cómo iba a saber desde el vamos como para sabiéndolo no haberle puesto la más mínima resistencia sino haber ido corriendo dichosa al encuentro del amado tan largamente prometido, esperado y buscado en Él toda la vida, que el sacerdote con el que desde los 16 años viera, sintiera y supiera espiritualmente estaba llamada a buscar para hablar sobre todo cuanto Él quisiera llevarme a manifestarle respecto a lo que conforme a Su promesa de hacía dos mil años echa a ellos, los apóstoles, era a la vez el varón en particular del que al mismo tiempo también toda la vida me hablara me tenía predestinado y estaba predestinada en Él para amarlo y ser amada humanamente por Él en él? Y asimismo luego de tener esta última gloriosa y maravillosa revelación en el 2001 de ser en dicho sacerdote y hombre Él mismo para mí, como en mí lo era de igual manera para él, ver y comprender que de no haber estado cegada y ensordecida totalmente por la creencia de que el sacerdote era un hombre vedado para el amor humano de una mujer, razón por la cual me repetía constantemente que él nunca podía llegar a ser, desde el vamos me hubiera dado cuenta y comprendido que ese era el designio y plan más perfecto que nuestro Padre Celestial hubiera podido llegar a concebir y concibiera para en esta última hora terminar de ser dado a luz por medio de nuestro final encuentro y unión total, en un solo y mismo cuerpo y alma en Cristo. Plan que solo hacia el 2004 terminara de revelárseme en toda su plenitud fuera el siguiente. Que la humanidad y creación existiera originalmente en el mismo lugar del que nuestro Señor Jesucristo viniera. Es decir, en el Reino de los Cielos. De donde se auto condenara a ser expulsada por salirse de la voluntad y disposiciones Celestiales vigentes en el mismo para todos sus moradores. Que no obstante ello, nuestro Padre y Madre Celestial amando como amaba y ama a toda creación salida de Sí quisiera trazar un Plan de Salvación para permitirnos volver a nuestro mundo original. A las estrellas. Al Reino de los Cielos de donde nos apartáramos para hacer nuestra propia voluntad, teniendo todo poder y sabiduría científica tomada de Su fuente Divina. Para implementar dicho Plan, haciendo posible el regreso de la humanidad y restante creación animal, vegetal e inanimada quitada por la misma del Reino de los Cielos, decidiera volver a sacar a un varón y una mujer nuevos del varón y mujer viejos salidos originalmente de Su seno, dotándolo de Su mismo Espíritu Divino. Espíritu santo y perfecto como Quien Es, Es. Sacó de la promesa echa a santa Ana por Su mismo Espíritu a la Hija en María Santísima. Inmaculada Concepción de María en el Espíritu Santo. Preservándola inmaculadamente virgen para concebir y dar a luz en su purísimo vientre al Varón Nuevo en el Espíritu Santo. El Hijo. El nuevo Hijo, Hombre, del Reino de los Cielos. Jesucristo, el Señor para gloria de Dios Padre y Madre en toda la humanidad y creación salida de Él, de Ella. (Continúa en la respuesta siguiente) |
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#4
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(Continúa de la respuesta anterior)
Hijo de quien quisiera hacer puedo decir una “clonación” espiritual –para mayor comprensión- suscitando su mismo espíritu santo en otros varones que quisieran responder a su llamado de llegar a ser como Él en corazón y espíritu en el Espíritu Santo. Llegando así a tener el mismo corazón de Jesús y de María en ellos. Pasándose dicho poder, espíritu, sabiduría de unos a otros de generación en generación hasta su vuelta prometida. Vuelta prometida que habría de ser no esa nueva y última vez bajo apariencia de varón sino bajo apariencia de mujer. Lo cual por aquel entonces, hacía dos mil años, no podía decirles aún ni siquiera a los apóstoles predestinados para hacer prevalecer y perpetuar Su mismo espíritu de total obediencia, mansedumbre y fidelidad al único cumplimiento en ellos de Su voluntad, que era la voluntad del Padre en Él. No podía ni pudiera decírselos, porque con una mentalidad totalmente cerrada aún a ver y reconocer la igualdad de la mujer a la del varón en Dios, no lo entenderían. No entenderían, si les decía que cuando la mujer estuviera terminara de estar lo suficientemente madura y puesta casi a la par del varón en este mundo, entre los hombres, en lo humano, tal y como en el Cielo, en lo Divino era, y en lo humano estaba igualmente llamado nuevamente a ser entre el varón y la mujer como en el principio en el Reino de los Cielos entre los dos era en tanto pareja humana pensada y creada para ser y obrar como un solo ser en Dios, volvería en la misma Gloria del Padre desde Reino de los Cielos en el mismo espíritu suscitado y desarrollado a pleno en una mujer en el Espíritu Santo en su búsqueda y encuentro final prometido. En su búsqueda y encuentro final prometido, viniendo a representar al mismo tiempo la búsqueda y encuentro de Dios de y con la humanidad, como la búsqueda y encuentro de la humanidad de y con Dios. Mujer que sacada del mismo Espíritu del Padre desde el Espíritu del Hijo habría de ser enviada en Cristo y en el Amor en búsqueda y encuentro del Nuevo y Definitivo Pueblo constituido en Dios de toda la humanidad. Enviándola a buscar y encontrar al varón que constituido igualmente en y con Su mismo espíritu y corazón, con el mismo espíritu y corazón de Jesús y de María, quedara clavado en cruz, en Cristo, hacía 2000 años. Varón que quedara clavado en Cristo, en representación Suya en lo humano, y en representación de todo ese Pueblo Nuevo querido volver a hacer de toda la Humanidad perdida del Reino de los Cielos, enviada a buscar en representación Suya para terminar de sellar Su alianza de amor eterno con la humanidad a través de Su unión definitiva en cuerpo y alma con dicho varón. Varón, por ende, que no podía ser otro que un sacerdote en Cristo. Varón guardado en celibato para el amor de cualquier otra mujer para su encuentro y unión final solo con Él en y con dicha mujer, hija de Dios, salida y enviada por el Hijo, por ende, por y desde el Padre conforme a la promesa que hacía dos mil años les hiciera a aquellos varones que dejara esperando por su vuelta prometida. Siendo a Jesús en dicho sacerdote a quien fuera enviada por ende a buscar y encontrar plenamente en el amor no solo en lo espiritual sino igualmente en lo humano, en lo carnal, entre el varón y la mujer. Por ser en el sacerdote que para llegada esta hora se había querido quedar crucificado hace dos mil años, para enviarme en esta hora a liberarlo de la cruz de debajo del poder del enemigo, en representación y demostración de la total correspondencia del amor de la humanidad amada, perdida y salida originalmente de su lado, finalmente encontrada, abrazada, amada, echa una en un todo con Él. Venciendo el finalmente totalmente correspondido amor nuevamente entre los dos, entre Dios y la Humanidad, en el varón y la mujer en Jesús y en María predestinado a tal fin, al tentador y enemigo que en el origen lo malograra todo entre los dos. Por tal razón, me llamara y enviara desde Ushuaia a volver a Plottier en búsqueda, encuentro y liberación Suya de debajo del poder del maligno de la cruz en la que de ese modo y a tal último fin hace dos mil años viera y entendiera por voluntad Paterna ser enviado a dejarse caer, enjuiciar, clavar y dar muerte. Para por medio de Su final liberación en la liberación de dicho sacerdote llamado a dejarse crucificar con Él y en Él por voluntad Paterna, vencer con la fuerza del amor al Amo de este mundo y su poder de las tinieblas. Pero, al mismo tiempo, se me estrujó y destrozó el corazón ver y entender que finalmente dicho varón tan largamente buscado y esperado encontrar al final de mi camino en este mundo por prometido y predestinado por Dios, era un sacerdote. Siendo en dicho sacerdote que estaba mi Amado Jesucristo en mi amado Daniel, a quien fuera enviada igualmente por el Padre y la Madre desde el mismo Espíritu del Hijo a descolgar Vivo, Resucitado, en Gloria Paterno entre y ante los demás hombres, enfrentándome a los tribunales y autoridades religiosas y mundanas a las que solo por esta final razón el Cielo le permitiera llegar a tener poder sobre Él traicionándolo, apresándolo, condenándolo a muerte injustamente, crucificándolo en un madero, como si fuera el peor y más maldito de los hombres. Siendo como era y es el mejor y más bendito de todos. Viendo y entendiendo que sin duda en él estaba el amor de Jesucristo tan largamente prometido, predestinado, buscado y esperado por el Padre y la Madre para mí. Pero, para poder hacerlo posible primero tenía que entregarme y enfrentar igualmente yo misma a dichos tribunales y autoridades religiosas y humanas de mi época, dando testimonio en defensa de Cristo Jesús mi Amado. En Él mismo y en dicho sacerdote en particular amado. En Daniel. Viendo, sintiendo y entendiendo que si hacía tal cosa, si manifestaba dar testimonio de Él, siendo como era un sacerdote, un varón acreditado Divinamente como santo y prohibido para el amor de una mujer en este mundo, y yo una mujer, vista y considerada en relación con el mismo como nada, era y habría de ser tratada aún de peor manera que él por todos. Ya que si Él siendo el Santo de Dios como era fuera tratado y condenado como el peor de los pecadores y malditos, condenándoselo a morir pendiendo de un madero como solo los hombres considerados malditos eran sentenciados a serlo, a mí habrían de tratarme y enjuiciarme como la peor de todas las mujeres. Como una prostituta. Viendo, sintiendo y sabiendo que si era necesario pasar por tal, ser considerada, tratada y ser condenada a muerte enjuiciada como una prostituta, como la peor de todas las mujeres así como Él tuviera que ser considerado, tratado y condenado a muerte enjuiciado como un pecador sin serlo, por amor a Él en él estaba dispuesta a todo. Lo aceptaba todo. Me abría a todo tipo de extrema humillación, condenación, padecimiento, tortura, muerte. Si ese era el extremo sacrificio que mi Padre y Madre Celestial me habían llamado y enviado a hacer entre los hombres en medio del pueblo y de la humanidad a la que me mandara para en representación de toda la humanidad dar un paso al frente en proclamación pública y universal de la defensa de mi Amado y Señor en el Espíritu Santo así estaba dispuesta a hacerlo y lo haría. Sin necesidad de que nadie me desnudara públicamente como tal. Desnudándome yo misma como la peor de todas y de todos sobre la faz de la tierra. Todo por mi Amado en mi amado. Todo por liberarlo de ese abominable e injusto eterno suplicio al que el enemigo quisiera dejarlo clavado en la consideración y juicio del pueblo y humanidad por la que viniera a demostrar su extremado amor aceptando sacrificarse en cruz por él y por ella. Viendo y entendiendo que con tal extrema aceptación y demostración de amor por su liberación en la liberación final del varón en todos los sacerdotes desde la liberación de aquel que de entre todos ellos me fuera predestinado en Cristo, con Cristo, por Cristo y para Cristo venir a buscar y encontrar en el amor y para el amor en la concepción y alumbramiento de una totalmente renovada humanidad y creación en docilidad, obediencia y fidelidad de la voluntad del Padre y de la Madre en el Espíritu Santo, aceptaba volver a descender en Cristo hasta lo más profundo del infierno. Es decir, hasta lo más profundo del abismo de la condición de pecado en la que la humanidad toda terminara cayendo bajo el poder del Amo de este mundo en este lugar del Abismo y de la Muerte. Hasta llegar a hacerme una con todos los reos de muerte o considerados imperdonables según el juicio y las leyes humanas, desde la extrema denigración y desvaloración de la mujer en este mundo vista y tenida como una prostituta. Considerada la peor de todas. Para desde esa condición de extrema caída en tanto ser humano, permitirle a Dios volver a levantar en gracia no solo a una parte sino a absolutamente toda la humanidad sobre la faz de la tierra cualquiera fuera y sea la condición de denigración en que se encuentre y sea tenida en este mundo. (Continúa en la respuesta siguiente) |
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#5
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(Continúa de la respuesta anterior) Descender hasta lo más profundo de toda maldición padecida humanamente en este mundo. Volviendo a beber en Cristo la más amarga de las copas. La más vinagre de todas. Desnudarme y desnudar nuevamente al Amado en el amado ante toda la restante humanidad por voluntad Paterno Materna en el Espíritu Santo bajo el poder del Amo de este mundo. Para de ese modo terminarle de vencer y ponerlo al descubierto desde su gobierno ejercido sobre la humanidad y el mundo entero desde nuestro mismo y propio corazón humano. Desde el mismo corazón de todo varón y mujer sobre la tierra por muy consagrado a Dios que dicho corazón se encuentre. A fin de que no nos quedemos tranquilos pensando que porque ya estamos consagrados a Dios en cuerpo y alma y haciendo por ende Su voluntad, ya estamos salvados. Porque el espíritu enemigo sigue y seguirá estando en nuestro corazón combatiendo con Dios en nosotros hasta que no estemos con todo nuestro ser íntegramente otra vez en el Reino de los Cielos. Para que sigamos estando siempre alerta y en constante estado de oración y comunión con el Reino de los Cielos. Viendo y entendiendo ser perentorio descender otra vez en Cristo hasta lo más profundo del seno de la muerte y del infierno para volver a purificar a este pueblo por medio de nuestra purificación, para solo así terminar de hacer posible también tu liberación final Jesucristo Amado en Daniel amado de la condenación a la que el maligno por medio del no correspondido amor de la humanidad hace dos mil años te obligara a asumir y quedar ante los hombres pareciendo haber sido vencido finalmente por el mismo. Para por medio del enviarme a liberarte de debajo del poder y juicio del mismo en el Espíritu Santo del amor de este modo, permitirte manifestar en el triunfo final de nuestro amor Gloriosamente Resucitado ante el conocimiento esta vez no solo del pueblo al que a tal fin me enviara a buscarte y encontrarte en dicho sacerdote crucificado a tal fin, sino de toda la humanidad, por medio de esta final publicación universal. Para que todos vean y entiendan que conforme a toda palabra bíblica esto lo ha hecho el Santo de Israel para gloria de Dios Padre. Amén. Viendo y entendiendo que de similar manera a como estando en Ushuaia en 1991 quisieras enviarme en tu final total búsqueda y encuentro, Jesucristo Amado, en la persona de dicho sacerdote amado, Daniel, con la misión y designio pleno que pensaras y tenías predestinado para mí en Vos en el Espíritu Santo en este mundo, igualmente hoy me envías de vuelta desde Bariloche –lugar en el que en 1988 quisieras hacerme saber algún día también estaría- en tu final búsqueda y encuentro, Daniel amado, para finalmente liberarte en Cristo de ese modo en el amor. Para liberarte, dejándome de igual manera liberar finalmente por vos en Cristo del terrible poder de las tinieblas que durante todos estos años fuera necesario igualmente permitir parecieran terminar teniendo total dominio sobre mí sometiéndome a la peor de la muertes y de los infiernos. Para sanar con mis besos las mortales llagas que por tal razón tuviera que causarte, pidiéndote que me permitas convertirte en el hombre más dichoso de la tierra, haciéndome la mujer más dichosa de la misma, en Dios Uno y Trino en ambos. Como el amado es para la amada y la amada es para el amado. Amén Te pedí palabra, Señor, para saber exactamente cual es tu voluntad, qué es lo que quieres que haga, puesto que personalmente sé muy bien lo que quiero, lo que amo, a quien amo en este mundo. Y esta fue la palabra que me diste. “Vengan, volvamos a Yavé. Pues si él nos lesionó, él nos sanará, si él nos hirió, él vendará nuestras heridas. Dentro de poco nos dará la vida, al tercer día nos resucitará y viviremos en su presencia. Empeñémonos en servir a Yavé, caerá sobre nosotros como el aguacero, como la lluvia de primavera que riega la tierra.” ¿Qué he de hacer contigo, Efraím? ¿Cómo te trataré, Judá? El cariño que me tienen es como una nube matinal, como el roció que sólo dura algunas horas. Les envié los profetas para destrozarlos y de mi propia boca salió su sentencia de muerte. Porque yo quiero amor, no sacrificio, y conocimiento de Dios, más que víctimas consumadas por el fuego.” (Os. 6, 1-6) Viendo y entendiendo con tal palabra, Señor, que me decías que Vos querías nuestro amor, no nuestro sacrificio. El triunfo de nuestro amor y no víctimas inmoladas por el fuego. Nunca quisiste el sacrificio y las víctimas inmoladas por le fuego. Teniendo necesariamente que asumirlo sobre Vos hace dos mil años y en estos dos mil años de cristianismo en todo cuanto en espíritu te sucedieran por amor a la voluntad del Padre, por ende, también en ambos. Para por medio del asumirlo Vos en Vos mismo y en nosotros por toda la restante humanidad terminar de liberar a la humanidad toda de tener que seguir siendo víctima bajo el poder del maligno de tales sacrificios. Venciéndolo en esta hora final del paso de la cruz en ambos con el triunfo glorioso de este amor, nuestro amor, para el que nos concibieras y predestinaras en Vos. Amén. Por lo que, vuelvo, amor, amado a vos, confiando de que también vos me amas y este amor entre los dos ha sido, es y será la voluntad de Dios para con ambos. Vuelvo como Pedro volviera a introducirse con su barca mar adentro para volver a tirar las redes en el mismo lugar en el que sabía inútil, cansado y dado finalmente por vencido las estuviera y mantuviera tiradas toda la noche, durante largas e interminables horas sin pescar al final nada de nada. Como desde Ushuaia, Señor, en 1991 me enviaras aquel día que iba camino hacia el CADIC para presentar mi renuncia en la universidad, preguntándome si estaría haciendo lo correcto. Si en realidad todo eso que viviera y experimentara durante las últimas horas provenía todo de Vos, Señor, y si al volver a Plottier encontraría lo que fuera que me terminaras enviando a buscar y mostrar querías que hiciera una vez allí. Duda ante la cual me llevaras a detener la mirada sobre un barco pesquero anclado a lo lejos en medio del canal de Beagle, llevándome a recordar con tal visión dicho pasaje bíblico en el que enviaras a Pedro a volver una vez más a echar sus redes en el mismo lugar. Viendo y entendiendo que con todo ello me decías ante la duda que tan solo fuera y echara las redes siempre en la dirección en que me inspirabas, asegurándome que si creía, confiaba, esperaba y amaba en Vos mis redes habrían de salir siempre llenas. Esto en respuesta a la pregunta que el fin de semana pasado y durante todo este último año te he hecho y me he hecho, Señor. Respecto a si realmente tu voluntad para conmigo es que vuelva a Plottier, más aún a misa a la comunidad de San Antonio de Padua en búsqueda y encuentro una vez más de mi encuentro definitivo con Vos, Jesucristo Amado, en y con Daniel, mi amado, en Vos. Porque eso fuera lo que confiando, esperando y amando en Vos durante estos últimos cinco años conciente y decididamente hiciera, yéndome del lugar en el que me enviaras en tal sentido a tirar las redes, con las redes siempre vacías. Recordándome en este momento en Bariloche una vez más aquel momento de duda en Ushuaia camino a presentar mi renuncia laboral a la universidad. Y con tal recuerdo, repitiéndome las mismas palabras en alusión al mismo pasaje bíblico del Evangelio de aquel momento. Viendo, sintiendo y entendiendo, decirme que tenga fe. Que tan solo vaya y haga lo que veo, siento y entiendo una vez más me exhortas hacer. ¡Dios! ¡Mi fe es tan pequeña!: como la más diminuta de las llamitas. Es tan pequeña que por momentos me parece totalmente extinguida. Por eso, Señor, te lo suplico, auméntame la fe. Haz que todo sea finalmente entre Daniel y yo como en Vos en él es tu bendita, gloriosa y santa voluntad que lo sea. Amo tu voluntad, Señor. Amo la suya en Vos. Amén. Yo soy la sierva del Señor, hágase en mí según tu palabra y promesa. Amén. Amén. Amén. ¡GLORIA A VOS, PADRE ETERNO Y A VOS JESUCRISTO AMADO EN LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA SANTÍSIMA, NUESTRA MADRE, EN EL ESPÍRITU SANTO, POR LOS SIGLOS ETERNOS! AMÉN. AMÉN. AMÉN. |
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#6
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“Si yo hablara todas las lenguas de los hombres y de los ángeles, y me faltara el amor, no sería más que bronce que resuena y campana que toca. Si yo tuviera el don de profecía, conociendo las cosas secretas con toda clase de conocimientos, y tuviera tanta fe como para trasladar los montes, pero me faltara el amor, nada soy. Si reparto todo lo que poseo a los pobres y si entrego hasta mi propio cuerpo, pero no por amor, sino para recibir alabanzas, de nada me sirve.
El amor es paciente, servicial y sin envidia. No quiere aparentar ni se hace el importante. No actúa con bajeza, ni busca su propio interés. El amor no se deja llevar por la ira, sino que olvida las ofensas y perdona. Nunca se alegra de algo injusto y siempre le agrada la verdad. El amor disculpa todo; todo lo cree, todo lo espera y todo lo soporta. El amor nunca pasará. Pasarán las profecías, callarán las lenguas y se perderá el conocimiento. Porque el conocimiento, igual que las profecías, no son cosas acabadas. Y, cuando llegue lo perfecto, lo imperfecto desaparecerá. Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba y razonaba como niño; pero, cuando ya fui hombre, dejé atrás las cosas del niño. Del mismo modo, al presente vemos como en un mal espejo y en forma confusa, pero entonces será cara a cara. Ahora solamente conozco en parte, pero entonces le conoceré a él como él me conoce a mí. Ahora tenemos la fe, la esperanza y el amor, los tres. Pero el mayor de los tres es el amor.” (1 Cor. 13) Palabra de Dios[COLOR=DarkRed] El amor nunca pasará... En un mundo dividido por tantos tipos de creencias, pensamientos, sentimientos e intereses distintos y contrapuestos, solo el amor es la clave para subsanarlo y volver a armonizarlo todo. El aroma, el color, la melodía sumamente agradable a los sentidos de todos los hombres, capaz de llevar al entendimiento haciendo posible todo imposible. El amor todo lo puede... El amor es siempre fiel. El amor... El amor... El amor La fuerza del amor, de este amor sentido por Vos, Jesús, y por vos, Daniel, me llevó y permitió ir más allá de toda concepción, entendimiento, creencia y posibilidad humana.... Me llevó a vencer casi toda limitación e impedimento encontrado e interpuesto en el camino que veía, sentía, sabía y entendía trataba de volver a separarme y desencontrarme una vez más con vos, luego de finalmente encontrarte. Cuanto más trataba de alcanzarte al darme cuenta de que eras vos, mi amor, mi amado, el amado de mi corazón que toda la vida buscara y esperara, me debatía y hundía en la peor de las angustias y amarguras viendo como más y más te alejabas. Queriéndote retener. No queriendo dejarte ir. No queriendo que nada ni nadie nos separara ya más. Queriendo hacer posible lo que sabía era y habría de ser imposible de alcanzar y abrazar para mí. Porque al igual que vos, Jesús Amado, y que vos, Daniel amado, veía, sentía, sabía, entendía y creía que habiendo sido concebida, creada y predestinada en este mundo para recorrer, Jesús amado, en tanto mujer el mismo camino doloroso que recorrieras y recorrías en el paso por el más injusto de los juicios y condenación de la muerte en cruz bajo el poder del amo de este mundo por amor a la voluntad del Padre y amor a la humanidad, el amor humano era y habría de ser siempre el mayor de los imposibles para mí, más aún para nosotros, Daniel amado, clavados en cruz con Vos, Jesús amado, como sabía cada uno de los dos estaba. Que el amor humano era y habría de ser siempre para mí, por ende, para nosotros, Daniel, el mayor de los imposibles clavados en cruz en Cristo y con Cristo como nos encontrábamos. Viéndonos y sintiéndonos llamados y enviados en Vos, Jesús Amado, a morir solos y separados cada uno por su parte en Vos en su cruz bajo el poder del mal para mayor bien de todo el pueblo al que a tal fin quisieras confiarnos consolar en tu mismo espíritu en nuestro espíritu en el Espíritu Santo. Haber nacidos y estar ambos consagrados a morir irremediablemente en esta cruz de similar manera a como murieras por amor al pueblo al que el Padre desde la Madre en el Espíritu Santo te enviara a sacrificarte muriendo en la cruz bajo el poder del mal, así como por amor a toda la humanidad. Para morir los dos por amor al pueblo de la Iglesia Católica al que también a tal fin en el Espíritu Santo nos enviaras, como por amor por toda la humanidad. Para al igual que Vos, a imitación Tuya, Jesús Amado, siendo plenamente libres en Vos, en tu mismo espíritu en nuestro espíritu en el Espíritu Santo, optar en uso pleno de tal libertad, por dejarnos encadenar, someter al más injusto de los juicios y condenar a morir crucificados junto con Vos, en Vos, por Vos y para Vos, bajo el poder del Amo de este mundo. Para llegar al más extremo de los sacrificios como llegaras en medio del pueblo al que el Padre te enviara, dejándote aprender, enjuiciar injustamente, crucificar y morir en manos del Amo de este mundo, dominador en lo oculto del gobierno del corazón de dicho pueblo. Dejándote hacer todo ello por amor. Para por tu extremo sacrificio, liberarlo de cualquier manera al final, de debajo del poder de las tinieblas cernidas y dominantes de su ciego, sordo y endurecido corazón por mucho y más que todos los demás creía que veía, oía, era justo y bueno. Dejándonos de igual manera sacrificar y crucificar con Vos por este otro nuevo pueblo constituido a partir de allí por Vos, el de la Iglesia Católica e Iglesias Cristianas en general. Por tu parte, Daniel amado, cuando te ordenaras sacerdote. Por mi parte, cuando desde Ushuaia me llamaras y enviaras a entregarme como verdadero alimento y verdadera bebida en la hostia sagrada junto con Vos en el altar, durante la misa de envío que a tal fin le llevaras a celebrar al p. Ismael. Para con dicho extremo sacrificio realizado también por amor, unido al de los millones de igualmente sacrificados por la consagración del bautismo, religiosa o sacerdotal, de cualquier manera al final liberarlo del poder del Amo de este mundo que viera y entendiera también en lo oculto llegara a tenerlo en cierta parte dominado bajo su poder, de manera similar a como desde hace más de dos mil años dominara al pueblo de Israel sin que el mismo se diera o quisiera darse cuenta. Te entregaste al extremo por amor para final total liberación del pueblo al que el Padre te enviara. De igual manera nos llamaste y enviaste a entregarnos al extremo por amor para final total liberación también en Vos, en tu mismo y único sacrificio, del pueblo al que en tu mismo espíritu en mi espíritu en el Espíritu Santo nos llamaras y enviaras a crucificar junto con Vos. Hasta que un día, el más gozoso y glorioso de los días vividos hasta aquí, quisieras revelarme en tal extremo padecimiento y agonía de cruz el doble sentido de la misma. El doble sentido de la cruz en nosotros, en nuestro amor, como en Vos y tu mismo amor en ambos no solo por el pueblo en particular al que tanto Vos entonces como nosotros ahora habías y habíamos sido enviados por el Padre en tu mismo espíritu Divino en nuestro espíritu en el Espíritu Santo. El doble sentido de la cruz: el de la muerte y el de la resurrección por y en el amor por dicho pueblo en particular y por la humanidad en general. El doble sentido de ver y entender gozosa que al tiempo de morir por y para un pueblo, en tu caso por y para el pueblo al que el Padre te enviara, el pueblo de Israel, nacías, volvías a nacer, resucitabas para dar origen a un nuevo pueblo desde el seno y caída en tierra de predestinados granos de trigo pertenecientes al mismo. Doble sentido también, por ende, vi y entendí gozosa, Daniel amado, en nuestro caso, porque al tiempo de morir por y para el pueblo que en seguimiento y a total imitación Tuya aceptáramos crucificarnos, la Iglesia Católica, quisieras predestinarnos al mismo tiempo en el amor humano en Vos para mediante el previo paso por dicha bendita y gloriosa cruz resucitar, renacer desde tu mismo espíritu también resucitado en nuestro espíritu en el Espíritu Santo, junto con muchos otros varones y mujeres del mismo predestinados de igual manera, para dar origen a un nuevo pueblo desde el mismo seno y miembros del mismo. Doble sentido de la misma extrema entrega de amor en Vos y en nosotros: muerte y resurrección. Ser necesario morir para dar vida, para resucitar, renacer a una vida mucho mejor que la anterior no solo para nosotros sino para toda la restante humanidad. Morir a un pueblo llegado a su máximo punto de crecimiento en el espíritu encerrado dentro de sus propias leyes, doctrinas y tradiciones, para concebir, fecundar y dar a luz a todo un nuevo pueblo de cada vez mayor amplitud y apertura en la perfección del amor que el anterior. Dolor...agudo dolor...tristeza... pena insondable... ver, sentir y saber ser imperioso tener que morir para un pueblo tan amado, tan arraigado en el corazón...por un lado. Gozo...inmenso bienestar...alegría....felicidad infinita... ver, sentir y saber ser necesario morir para unos y por unos para dar vida a otros...por otro lado. Para dar vida a un nuevo pueblo. A un pueblo en el que el espíritu y la verdad puedan ir alcanzando un grado cada vez mayor de plena soltura, libertad, movimiento, capacidad, posibilidad en el corazón del hombre. Hasta que pueda llegar a desarrollar y alcanzar en el mismo su máximo grado de acción, de libertad, de vuelo, de elevación, de purificación y santidad verdadera conforme a Dios y no a los hombres y este mundo. Pueblo en el cual un día las religiones dejen de existir. (Sigue) |
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#7
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(Sigue)
Porque las religiones crean odios, separaciones, divisiones, enfrentamientos, guerras, muertes. Siendo solo el Espíritu Santo del Amor quien lo puede conciliar y reconciliar todo. Llevando nuevamente a la comprensión, al diálogo, a la amistad, a la fraternidad, a la armonía, a la unión de todas las partes por muy disímiles y diversas que sean en un solo ser funcionando sincrónicamente como un solo cuerpo. Trabajando y tirando todas juntas en una misma dirección de máximo crecimiento interior conjunto. En beneficio de todas por igual, y en detrimento o menoscabo de ninguna. En el más dilatado, profundo y auténtico de los amores. Amor sustentado en la auténtica paz. Auténtica paz nacida de la verdadera justicia. Verdadera justicia conforme a la cual todos los seres sean vistos, tenidos, tratados, considerados, valorados por igual sin diferencias ya de la más mínima índole. ¿Imposible? No con el amor y para el amor. Ya que el amor es la única fuerza que lo puede, eleva y nivela todo. Así como el amor fuera la causa por la que vinieras y murieras en cruz, Jesús Amado, para dar vida a un nuevo pueblo, a una nueva humanidad, fuera también la causa por la que lograras traerme de vuelta de Ushuaia en 1991 para en 1996 terminarme llevando, Daniel amado, a comenzar a compartirte todo lo habido en mi corazón. Misma causa por la que desde entonces, por mucho y más que todo y todos, tanto dentro como fuera de mi tratara de apartarme y llevarme lejos de vos, Daniel amado, por creer y hacérseme creer ser lo mejor para vos, por ende para Dios y Su pueblo, Vos, Señor, Jesús amado, en vos Daniel amado, con la fuerza del mismo amor nacido y llamándome a volver a vos desde tu amado corazón, volviera y vuelvo una y otra vez, año a año, permanentemente a vos hasta que llegue el glorioso día en el que madurado a pleno el grano de nuestro amor no exista fuerza en este mundo y fuera del mismo capaz de volverme a separar del amor. De vos. Amor. Porque aunque nunca hasta aquí no nos lo declaráramos directa y abiertamente cara a cara, y tal vez, nunca no nos lo declaremos, vos me amas y yo te amo. ¿Cómo no hacerlo, cuando fuéramos concebidos, queridos y predestinados por el Padre en nuestro Señor Jesucristo y en María Santísima en el Espíritu Santo el uno para el otro? ¿En el amor y para el amor de los amores? Los dos estamos enfermos. Vos sufrís hace muchos años del corazón, de asma y muchos otros dolores y enfermedades que a lo largo de los años se te han ido sumando desde que a muy temprana edad, según me contaras, el médico te pronosticara una esperanza de vida hasta los 30 años. Yo y el cáncer del que me operara en el 2001 con esta molestia constante en el pecho. Enfermedad que en mi familia fuera fulminante, no llegando a pasar de los seis años de vida como mucho luego de detectarse. En el peor de los casos, el de papá, tres meses. Hecho que hace que tampoco mi esperanza de vida sea a mucho más años. De manera tal que, tanto vos y yo, Daniel amado, si aún vivimos es solo por gracia y voluntad Divina. Más aún, creo que por el mutuo amor que nos tenemos, nos fortalece y alienta en la esperanza de que al final toda promesa recibida y me viera y sintiera llevada a realizarte respecto a mi gloriosa vuelta final en Jesucristo Resucitado luego de este largo viaje lejos de vos emprendido para nuestro reencuentro final para la plena consumación y fructificación de nuestro amor, no obstante todo. No obstante todo mal y enfermedad interpuesta. Que seguimos viviendo y estamos vivos luego de todo el mal y las enfermedades que hasta aquí pasáramos y soportáramos en Cristo por amor a la voluntad del Padre, de nuestro Señor Jesucristo, de la Madre, en el Espíritu Santo, solo porque así Dios lo pensara, quisiera y quiere y predestinara en ambos y para ambos en Jesús y en María. Porque la plena realización final de nuestro amor es y será en el Señor un bálsamo para el mundo entero. Un renacer. El despertar de un nuevo día. La esperanza y certeza de un nuevo cielo y de una nueva tierra cuando todo se conmueve, oscurece y tambalea. Del advenimiento de un nuevo hombre. De una nueva mujer. De una nueva pareja humana en Dios en el amor. De una nueva humanidad. De una nueva vida. De una nueva creación. Amén. Porque existe todo un mundo de cosas que aún tenemos que terminar de descubrir juntos desde la consumación final de nuestro amor. Desde el estar juntos, unidos en un solo ser en Dios como en el principio entre Adán y Eva antes de la caída y salida fuera de la voluntad de Dios era. Juntos como al principio. Como ni siquiera aún entonces llegáramos a estarlo. Tal como lo viera, veo y por consiguiente lo manifiesto. Mundo de cosas que veo y entiendo esperan ser concebidas y dadas a luz a partir de nuestra nueva y perfecta comunión de la plenitud de nuestro ser en Dios, con Dios, por Dios y para Dios. Para seguir creciendo ya no por separados, como hasta aquí el varón y la mujer lo hicieran. Sino descubriéndolo enamorados de ahí en más todo juntos. En el más perfecto amor, entendimiento, armonía como entre 1996 y el 2000 comenzáramos a hacerlo. Descreciendo y retrocediendo al separarnos. Como la humanidad descreciera en espíritu y en verdad al apartarse y cortarse sola lejos de Dios. Al menos por mi parte, Daniel, descreciera y retrocediera. Por mucho y más que al apartarme de vos todos estos años viera, oyera, entendiera y conociera cosas que hasta aquí ningún otro ojo ha visto y ningún otro oído, oído. No dejando de ser una visión, audición, entendimiento y conocimiento a medias fuera de la plena vivencia del amor para el que fuéramos conjuntamente pensados como un solo ser en Dios. Sintiéndome de igual viera y entendiera que lo experimentado por la humanidad al alejarse de su Amado. De la razón de su existencia, de quien y para quien fuera dada a luz, querida y predestinada, lejos y sin el amor del Amado, sin el amor causa de su ser y felicidad, desde que me alejara de vos, sea por la necesaria razón Divina por la que lo hiciera, me he sentido condenar, morir y estar muerta todos estos años. No solo yo. Sino atrayendo y sumergiendo junto conmigo en el seno de la muerte, del sepulcro, de la desgracia, a vos, a toda mi familia, a todos mis seres amados, amigos, a todos cuanto me rodearan. Como la humanidad causara también con la restante creación al salirse del amor y plan del Amado, de Dios tenido con ella. Así me he sentido y siento, amor, amado mío, Daniel, desde que en el 2000 volviera a alejarme con mamá de vos, ciega, sorda y endurecida de corazón como con respecto a vos y a tu amor el enemigo me tenía y lograra mantenerme durante tanto tiempo. Siendo como siempre fuera Dios mismo, Jesús, el Amado en el amado predestinado y prometido quien en todo tiempo quisiera estar, estuviera y está en vos para mí. Sabiéndolo en el saberte siempre allí al final de este viaje y de este interminable camino de búsqueda, yerros, descubrimientos, retroceso, avances....esperándome. Como el amado espera el regreso de la amada, o la amada al amado, tras el más largo de los viajes nunca antes emprendidos. Siendo por ello que en todo tiempo me llamara a guardarme y esperarte desde pequeña como enviarme a ir a vos, a buscarte y encontrarte ya de adulta y madura en la misión encomendada dentro de Su misma misión, para que le buscara y encontrara al buscarte y encontrarte de la manera en la que hasta aquí lo hiciera. Al igual que la humanidad perdida del Amado, me he sentido y me siento todos estos años sin vos. Separada de vos. Lejos de vos. Sin tu amor. Fuera de tu amor. Buscándote equivocadamente y a tientas todos estos años de manera similar a como la humanidad desde su perdición del lado del Amado se encontrara y encuentra en este mundo. Por ser mi tierra prometida, siendo de igual manera la tuya. (Sigue) |
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#8
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(Sigue)
Cansada, harta, hastiada, hostigada, aniquilada, destruida, asolada ya de peregrinar a tientas y sin rumbo de aquí para allá, por ser solo vos mi único rumbo certero, seguro, verdadero para mí, por pensado, querido y predestinado así por el Padre en nuestro Señor Jesucristo. Queriendo, por ende, dar con vos, incesantemente, como de igual manera ella, por caminos equivocados. Según mi propia visión, audición, entendimiento y creencia de todas las cosas. Golpeándome y golpeándoseme muy dura y dolorosamente una y ciento de veces por tan solo querer encontrarte y abrazarme a vos para no volverte a soltar y dejar jamás. Padeciendo las más horrorosos y mortales de las tribulaciones, torturas, desalientos, decepciones horas tras horas, días tras días, años tras años... Queriéndote alcanzar desesperada por ver, sentir y saber que solo al llegar y estar nuevamente en vos poder volver a entrar y estar en descanso, paz, alegría, felicidad... y no poder... Queriendo volver a vos en todo tiempo. Y en todo tiempo viéndome impedida de cientos de maneras diferentes. Tanto desde dentro como desde fuera de mí. Hasta de vos mismo. Por decírseme y torturarme en la creencia de que lo mejor para vos es que no esté cerca tuyo. Cuando, no obstante toda mi ceguera, sordera y dureza de corazón y entendimiento se me ha concedido la gracia Divina de ver, oír, entender, saber y creer que solo en vos en tanto ser y mujer en Dios encontré y encontraré la plenitud y perfección para la que en y por nuestro Padre Celestial fuera pensada, querida y predestinada. Como de igual manera vos en tanto ser y varón en Dios, la encontrarás en mí. Alentándome solo la esperanza en la promesa sentida desde pequeña, llamándome a guardar y esperar, amor, para tu final venida en Jesús y en María a mi vida en el seguimiento de Sus mismas huellas, de que sostenida en dicha promesa al final, cuando el mar embravecido momentáneamente entre los dos volviera a calmarse y las aguas a trasparentarse volveríamos a encontrarnos, habiendo de ser esa vez para no volver a separar otra vez. Ya que ni la muerte habría de ser más fuerte entonces que la fuerza de nuestro amor. Porque llegados a ese punto, nuestro amor sometido a las más violentas, dolorosas y extremas de las pruebas, tribulaciones y purificaciones en Cristo en ambos, se haría y sería más fuerte que todo en este mundo, hasta más fuerte que la muerte, vencida por nuestro Señor Jesucristo. Amén. Me has concedido la inmensa gracia de poder ir mañana nuevamente a verte. De estar nuevamente en tu presencia. Estoy tan cansada amor, tan terriblemente cansada, que jamás te darás una idea de hasta qué punto lo estoy... Solo quiero dar con vos, otra vez. Solo volver a hacerlo. Y no quiero volver a hacer el más mínimo gesto ni pronunciar la más mínima palabra que pueda volver a destruir esta nueva posibilidad del encuentro por la que he esperado desoladamente durante todo este año que luego de la última vez que nos sentáramos a hablar me concediera nuevamente el cielo de vos. Si es necesario me mantendré callada. No pronunciaré palabra. Porque la torpeza en tal sentido en mí es tan grande que siempre lo termino malogrando y destruyendo todo. No puedo estar sin vos. No puedo vivir sin vos ni lejos de vos. Sin vos me hundo cada vez más y más abajo. Sin vos no logro encontrar asidero por más que lo busque e intente de mil maneras distintas. ”Para que mi amor no sea un sentimiento, tan solo de deslumbramiento pasajero, para no gastar las palabras más mías, ni vaciar de contenidos mi te quiero. Quiero hundir más hondo mi raíz en ti, y cimentar en solidez este afecto, pues mi corazón que es inquieto y es frágil solo acierta si se abraza a tu proyecto. Más allá de mis miedos, más allá de mi inseguridad quiero darte mi respuesta. Aquí estoy para hacer tu voluntad. Para que mi amor sea decirte sí hasta el final. Duermen en su sopor y temen en el huerto Ni sus amigos acompañan al Maestro Si es hora de cruz, es de fidelidades. Pero el mundo nunca quiere aceptar eso. Dame comprender, Señor, tu amor tan puro. Amor que persevera en cruz, amor perfecto. Dame serte fiel cuando todo es oscuro. Para que mi amor no sea un sentimiento. Más allá... No es en las palabras ni es en las promesas donde la historia tiene su motor secreto. Solo es el amor en la cruz madurado, el amor que mueve a todo el universo. Pongo mi pequeña vida hoy en tus manos Por sobre mis seguridades y mis miedos. Y para elegir tu querer y no el mío, hazme en Getsemaní fiel y despierto. Más allá...[I] ¡Dios, amor, es tan grande mi desconsuelo! ¡Y es tan grande mi vergüenza! Tengo el alma echa jirones. Trato de revivirla como con los electroshock dados al corazón colapsado, pero no puedo. Quiera el Señor que al volver a estar en tu presencia mi alma reviva. Amén. Bendito y alabado sea, Dios Uno y Trino por la Inmaculada Concepción de María por los siglos de los siglos. Amén. ¡GLORIA A DIOS PADRE EN DIOS HIJO EN DIOS ESPÍRITU SANTO POR LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE MARÍA! AMÉN. |
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#9
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Durante los últimos días le he pedido al Señor que me restituya su gracia, su bendición y el gozo de su salvación que durante los últimos cinco años he perdido, sintiendo solo pesadumbre. Una gran pesadumbre. En un camino de descenso cada vez mayor hacia lo más profundo del abismo y tinieblas de muerte. Padeciendo todos estos años como quien ve, se siente y sabe sumergida en un sepulcro, del que intenta salir y no puede hacerlo.
Antes de ayer fui por última vez en busca del Amado, nuestro Señor Jesucristo, y no lo encontré. Me dio su bendición, pero sin cabida en su corazón en el amor. Ello me llevó a seguir buscando y pidiendo al Señor la plena restitución de su gracia, de su bendición, del gozo de su salvación que me permitiera experimentar en un principio entre 1989 y el 2001. Pidiéndole me llevara y lleve a ver, oír, entender y saber exactamente qué era lo que quería y quiere que haga, por ser solo Su voluntad y no la mía la que desde Ushuaia quisiera y quiero hacer. Por ser al único cumplimiento en mi de Su voluntad, de la voluntad del Padre en la Suya, en la de Jesús, la que aceptara asumir y fuera desde el sí dado allí enviada a realizar en medio de los hombres y particularmente del pueblo al que a tal fin en la comunidad de San Antonio de Padua de Plottier de la Iglesia Católica. Para una vez en la misma, verme y saberme llamada y enviada más particularmente a ir y hablar, confiar y compartir todo lo puesto por Él en mí con el sacerdote en particular que me terminara llevando a ver era el padre Daniel, por ser con el que tenía puesto mas cerca mía que tenía que ir y cumplir dicho mandato. Siendo él que miré y vi estaba puesto junto a mí en la misma comunidad puesto por Él a su cargo. Resistiéndome tenazmente a hacer tal cosa, sintiéndome acobardada por un temor inmenso, por ver y entender ser a Dios mismo en él y en la Iglesia con quien se me llamaba y enviaba a hablar, y en cierto modo veía y entendía, confrontar, con el compartir asiduo de varios años, su final docilidad, mansedumbre, disponibilidad, paciencia con la que también él, sintiéndole ser igualmente rebelde como yo inicialmente a la voluntad de Dios, escatimándome su tiempo y mostrándose no totalmente disponible a los requerimientos que no por propia voluntad tampoco sino de Aquel que veía, sentía y sabía también a mí tuviera que hacerme antes que a él gran violencia primero para terminarme haciendo lo que finalmente al ir y ponerme en su presencia le estaba pidiendo a durísimas penas se detuviera e hiciera, deteniéndose por gracia del Espíritu Santo finalmente para ver y escuchar lo que tenía para decirle, me terminara enamorando. El error, la gran equivocación de mi parte fue haber creído que también él se había enamorado de mí. Más aún, que de los dos, a semejanza de Jesús por la humanidad, había sido él quien se enamorara primero. Siendo realmente como producto de ese amor visto, sentido, reconocido y creído equivocadamente en él que me terminara enamorando. Reconocimiento de amor en virtud del cual traté por tres veces de escapar, siéndome al final una y otra vez imposible de lograr que dicha decisión fuera definitiva en mí, porque siempre estaba esa misma irresistible y poderosa fuerza que al final lograra traerme de vuelta de Ushuaia para llevarme a insertar en medio de este pueblo católico, de dicha comunidad parroquial, ante la presencia de dicho sacerdote, que me llevándome de vuelta me hacia terminar cayendo en medio de dicho pueblo, comunidad, ante dicho sacerdote a caer de rodillas para expresar: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad. Yo soy tu servidora. Yo soy tu esclava. Hágase en mí lo que quieras. Cómo quieras.” No siendo ni a dicho pueblo, ni a dicha comunidad, ni a dicho sacerdote en particular ante quien y a quien terminaba manifestándole a semejanza de María Santísima tales cosas, por supuesto, sino al Padre en nuestro Señor Jesucristo, de Su mismo espíritu suscitado en mi espíritu en el Espíritu Santo desde el si final dado en Ushuaia. Siendo en una de esas oportunidades, hacia mediados del 2001 que terminara viendo y entendiendo finalmente que no tenía ya que volver a irme de en medio de dicho pueblo, comunidad y sacerdote, sino contra Su voluntad, por ser para él para quien toda la vida me pensara, naciera y estaba aquí enviada en Su mismo espíritu en Cristo para hacer no mi voluntad sino la Suya en medio del mismo y junto al mismo, por ser además del sacerdote, él el varón en Él, en su mismo espíritu y corazón para el que toda la vida me tenía predestinada y me tuviera predestinado, siendo junto a él, por lo tanto, también en medio de dicha comunidad y pueblo en el que a tal fin me insertara en donde tenía que permanecer contra viento y marea, pasase lo que pasase, y me tentase el enemigo de la manera que le permitiera llegara a tentarme. Viendo y entendiendo finalmente por esos días que Su querer para con ambos era que nos casáramos, por medio de lo cual, terminé viendo durante los últimos años quería terminar de restaurar el Reino de los Cielos en el corazón de los hombres. Desde el volver a hacer dócil, manso y humilde el corazón del hombre. Corazón que desde su caída y salida de Su voluntad en el Reino de los Cielos se volviera tan rebelde. Buscando y queriendo hacer en definitiva solo su voluntad y no la Suya. Viendo y entendiendo que tanto el corazón de dicho sacerdote, comunidad y pueblo en particular como el mío, por mucho y más que estuviéramos consagrados por el bautismo, la confirmación, el orden sagrado a Su voluntad seguíamos siendo muy rebeldes, dejándonos llevar más por nuestra propia voluntad, visión, creencia, querer humano y mundano aún también muy poderoso en él, en dicha comunidad, pueblo y en mí como en toda la restante humanidad. Siendo por ello que quería consumar nuestro final matrimonio. Para terminarnos de hacer entrar en docilidad, mansedumbre, humildad, obediencia y FIDELIDAD. Siendo el mayor impedimento encontrado para la concreción final de dicho matrimonio, su celibato. Razón por la cual me llevara a ver y entender tenía que sumergirme hasta lo más profundo del abismo y de la muerte desde el terminar a asumir al extremo Su misma pasión, crucifixión y muerte, desde el mismo juicio venido a asumir y enfrentado de parte de las autoridades religiosas y de este mundo, para terminar de llevarlo todo en el amor al punto exacto en el que El quería volver a retomarlo todo en el Plan Original por medio de la final consumación en lo humano del Plan de Salvación, desde el reencuentro en el amor de la pareja humana, no fuera sino dentro del mismo orden sagrado recibido por parte de ambos, desde la misma comunidad y pueblo en el que a tal fin quisiera enviarnos y constituirnos como tales. En pocas palabras veo y siento que fuera solo por la rebeldía, ceguera, sordera y dureza de corazón y entendimiento encontrada finalmente nuevamente en este Su pueblo al que me enviara, desde la manifestada en sus mismas autoridades, que fuera necesario sumergirme hasta lo más profundo pareciendo en Cristo haber perdido el rumbo. Para al final llevándome a retomarlo, sacando, volviendo a levantar a todo ese pueblo junto conmigo, desde su sí final a la manifestación y propuesta matrimonial que viniera a realizarle en Cristo en el Espíritu Santo, sin dejar él su sacerdote, sino llevándolo todo a su mayor perfección desde el mismo seno del mismo. Tengo que muchas cosas que seguir orando y meditando. Tengo que seguirme refortaleciendo espiritualmente y aclarando interiormente nuevamente en el Señor como desde Ushuaia hasta el 2001 estuviera, muchas cosas. Por lo que con este mensaje, esta es la última vez que me comunico por medio de este foro, como por medio de todos los demás. Tengo que retirarme a orar en silencio por todo el tiempo que así vea y entienda en el Señor ser necesario hacerlo. Llamándome de ahora en más al silencio en todo tipo de comunicación de este tipo. Para buscar, llamar, pedirle, y dejar que vuelva a ser solo Él quien vuelva a hablar y llenar a pleno mi corazón. Tengo que volver a recuperar en un todo la docilidad, mansedumbre, humildad. Porque en verdad no sé nada, siendo el ser más ignorante y susceptible a yerro de toda la faz de la tierra. Gracias por leer todas estas líneas. Bendiciones. La paz esté con ustedes. |
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#10
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“...Aunque repartiera todo lo que poseo e incluso
sacrificara mi cuerpo, pero para recibir alabanzas y sin tener el amor, de nada me sirve. El amor... Perdura a pesar de todo, lo cree todo, lo espera todo y lo soporta todo. El amor nunca pasará...” (1 Cor. 13, 1-5)[I] Dije que me iba a llamar al silencio, concluyendo aquí la comunicación por medio de este foro. Pero, no he nacido para callar sino para compartir todo lo sentido de Dios y en Dios en mí. Cada uno, y solo cada uno, sabe en su interior por qué ha nacido, por qué está en este mundo aquí y ahora, y nadie más lo sabe o puede llegar a saberlo por uno. Porque Dios habla a nuestra corazón. Dios está en y con nosotros. Dios late, palpita, vibra, aletea, nos habla en nuestro propio corazón respecto al proyecto que pensara, tiene y predestinara para nosotros. Instruyéndonos a cada uno en el corazón por medio de Su Espíritu en nuestro espíritu en el Espíritu Santo. Su Espíritu en nuestro espíritu que nos llama, abre, mueve y lleva a hacer grandes maravillas en nuestra vida y a nuestro alrededor. Su Espíritu en nuestro espíritu, por ende en nuestro ser quien nos lleva a hacer posible todo los imposibles. A alcanzar lo inalcanzable. A llenarnos y llenarlo todo de amor a nuestro alrededor. O, por el contrario, de odio. Si no es a Dios a quien queremos y dejamos transparentar en nosotros teniendo su mismo corazón, sino a nosotros mismos. Nacemos, crecemos y vivimos inmersos dentro de un sistema determinado en este mundo, en el que desde todos lados, desde lo familiar, religioso, político, social, económico, legal...se nos dice cómo tenemos que ser, pensar, sentir, querer, obrar, comportarnos, adaptarnos, ajustarnos ... si queremos ser aceptados y no rechazados, aplaudidos y no abucheados, alabados, vanagloriados y no despreciados, menoscabados, incluidos y no excluidos, premiados y no castigados... Llevándosenos así a nacer, crecer e insertarnos en dicho sistema conforme a los distintos aspectos de aceptación establecidos en el mismo desde los distintos grupos y poderes que lo conforman, bajo un constante estado de temor, por un lado, y de consideración y estima de parte de los demás, por otro lado, por sobre lo que interiormente uno ve, oye, siente, entiende, cree es y se siente llamado a ser, decir y hacer en Dios, por sobre la concepción, el parecer, los miramientos y aprecio de los demás. Siendo así, en todo su conjunto, como me viera y sintiera toda la vida. Sintiendo ser y estar Dios en y conmigo desde incluso antes de tener uso de razón, desde el mismo seno materno, y aún desde mucho antes de ello, desde toda la eternidad y para toda la eternidad. Pero al mismo tiempo sintiéndome dominada por otra fuerza contraria a la Suya que me oprimía, atemorizaba, paralizaba, amedrentaba, amenazaba, hostigaba, hacia huir. Ambas estaban en mi humanidad. Una gloriosa, levantándome, liberándome, dándome seguridad, sabiéndome y sintiéndome constantemente socorrida y refugiada en Dios. Y la otra monstruosa, hundiéndome, abatiéndome, oprimiéndome, paralizando, manteniéndome con la cabeza contra el suelo con su pata sobre mi nuca... Debatiéndome constantemente contra esta última. Anhelando y procurando con todo mi ser estar y permanecer siempre en el triunfo redentor de la primera, que era la vida, por sobre la segunda, que era la muerte. Viéndome y sintiéndome estar y disputarse mi ser entre el cielo y el infierno. Entre Dios que quería y me hacía sentir en la paz del mayor de los bienes y bienaventuranza, y una fuerza adversaria que quería y me hacía sentir en la angustia, amargura del peor de los males, malestares y desgracias que sintiera jamás. . Dios siempre queriendo mi felicidad, mi dicha, mi plenitud en el Espíritu Santo de Su amor en mí. El adversario queriendo mi infelicidad, desdicha y encadenamiento a todos los juicios, dictados, leyes, disposiciones, reglas, concepciones, limitaciones humanas y de este mundo. Dios queriéndome dar total plenitud en el amor en Su Espíritu en mi espíritu. El adversario queriendo oprimir y reducir a su mínima expresión la plenitud del amor del Espíritu de Dios en mi espíritu. Haciéndome ver, sentir y tener por malo y mal todo lo relacionado justamente con el amor y con el sexo, llevándome a tener todo tipo de experiencias sinsabores, desagradables con respecto a ambos, de manera tal que nunca pudiera atreverme a amar y ser amada, aceptando ser eso lo que al final Dios pensara y quería para mí. Que me crucificase para el amor humano, viéndolo y teniéndolo como malo y no querido por Dios para mí. Cuando en lo más profundo de mis fueros y entrañas en todo tiempo viera, sintiera, supiera y creyera ser justamente para el encuentro del amor en un varón en particular para el que me tenía predestinada, por ende predestinado, que sentía había nacido y estaba en el mundo. Viéndome y sintiéndome así llamada en todo tiempo por un lado a la crucifixión a imitación de nuestro Señor Jesucristo, en Cristo, bajo el poder del mismo común enemigo, y por otro lado al glorioso triunfo final del encuentro de dicho varón amado para amarlo y ser amada por él de una manera que escapaba a toda comprensión y descripción humana. No pudiendo ver sino hasta el 2002 como podía ser posible llegar a coincidir y conciliar ambas visiones en Dios, viéndolas y entendiéndolas totalmente contrapuestas como en Cristo Jesús eran. Viendo y entendiendo finalmente que para poder llegar a la rosa que era el encuentro y goce final de dicho amor en Dios con dicho varón predestinado, primero tenía que pasar por todo el espinoso tallo. Es decir, a semejanza de nuestro Señor Jesucristo, en Cristo y con Cristo tenía que pasar por todo lo mismo que Él pasara. Por el encadenamiento, el más injusto de los juicios, la condenación a muerte, la crucifixión, la muerte y el sepulcro. Teniendo que pasar por todo ello junto con el amor que dicho varón en particular en Cristo sentía para terminar de liberar al amor entre el varón y la mujer de todas las ataduras y oposiciones caídas sobre el mismo desde que ambos se salieran del plan de amor trazado en el origen por nuestro Padre Celestial para de ahí en más pasar a quedar uno sometido bajo el otro, en permanente estado de desigualdad, enemistad y confrontación por mucho y más que llegaran a constituirse igualmente en pareja. Siendo por ello, viera y entendiera hacia principio del 2002, que desde que tuviera uso de razón me había visto, sentido, sabido y creía llamada en esa unión e indisolubilidad sentida tener con el Espíritu de Dios, hablándome, protegiéndome y guiándome en mi interior, a la búsqueda y encuentro del amor. Del Amor, con mayúscula. (Sigue) |